


Hay proyectos que nacen de una necesidad detectada durante una investigación y otros que empiezan mucho antes, incluso antes de que exista la idea de convertirlos en un proyecto de diseño.
BestFriendly pertenece a este segundo grupo.
Convivo con un perro adoptado desde hace más de nueve años y muchas de las personas que forman parte de mi entorno también han adoptado perros o gatos procedentes de protectoras. Durante todo este tiempo he visto aparecer las mismas preguntas una y otra vez. Dudas sobre comportamiento, alimentación, educación, salud, lugares a los que poder ir juntos o simplemente la sensación de no saber si se está tomando la decisión correcta.
Lo que me llamaba la atención era que la información existía. Había artículos, profesionales, asociaciones, grupos, eventos, perfiles especializados y multitud de recursos. Sin embargo, todo parecía estar disperso en diferentes plataformas, obligando a las personas a invertir tiempo y esfuerzo para encontrar respuestas que muchas veces necesitaban en ese mismo momento.
A medida que observaba estas situaciones empecé a detectar un patrón. El problema no era la falta de información. El problema era la falta de acompañamiento.
Por eso decidí utilizar este proyecto para explorar cómo una experiencia digital podría ayudar a las personas antes, durante y después de la adopción, acompañándolas en un proceso que no termina cuando un animal llega a casa, sino que evoluciona continuamente con el tiempo.
Figma
Design thinking



Durante la investigación confirmé algo que ya intuía por mi propia experiencia.
Las personas no estaban buscando una aplicación más.
Tampoco necesitaban una nueva red social o un directorio de servicios.
Lo que realmente buscaban era sentirse acompañadas mientras aprendían a convivir con un nuevo miembro de la familia.
Algunas necesitaban resolver dudas relacionadas con la educación o el comportamiento. Otras buscaban profesionales de confianza o actividades adaptadas a su día a día.
Muchas simplemente querían sentirse más seguras en las decisiones que estaban tomando.
Aunque las situaciones eran diferentes, detrás de todas ellas aparecía una misma necesidad emocional: reducir la incertidumbre.
La adopción suele estar llena de ilusión, pero también de preguntas. Y cuando esas preguntas aparecen, sentirse acompañado puede ser tan importante como encontrar la respuesta correcta.
Al comenzar el proyecto pensé que el principal desafío sería organizar una gran cantidad de información dentro de una aplicación.
Sin embargo, cuanto más avanzaba en la investigación, más evidente se volvía que el problema era otro.
La dificultad no estaba en encontrar contenido. La dificultad estaba en construir una experiencia capaz de conectar recursos, servicios, profesionales, eventos y comunidad sin generar más ruido del que ya existía.
Las personas llegaban con necesidades muy distintas y en momentos muy diferentes de su recorrido. Algunas acababan de adoptar. Otras llevaban años conviviendo con sus compañeros animales. Algunas buscaban información urgente. Otras simplemente querían descubrir nuevas actividades o conectar con personas afines.
La pregunta que empezó a acompañarme durante todo el proyecto fue:
¿Cómo diseñar una experiencia capaz de acompañar a personas con necesidades tan diferentes sin convertirla en una plataforma compleja y abrumadora?
Porque cuando alguien necesita ayuda, lo último que quiere es enfrentarse a una estructura llena de categorías, filtros y menús interminables.
Necesita claridad.
Necesita orientación.
Y necesita sentir que la plataforma entiende realmente lo que está buscando.
A través de las entrevistas, los user journeys y el análisis del contexto fui descubriendo algo que terminó cambiando la dirección del proyecto.
Las personas no buscaban funcionalidades aisladas. No buscaban únicamente una agenda de eventos, una comunidad, ni contenidos educativos.
Lo que realmente valoraban era la posibilidad de encontrar todo eso dentro de una misma experiencia coherente.
Necesitaban información, pero también contexto, recursos y recomendaciones.
Necesitaban resolver dudas, pero también compartir experiencias con otras personas que estuvieran viviendo situaciones parecidas.
Ese hallazgo me llevó a dejar de pensar en pantallas individuales y empezar a pensar en ecosistemas de experiencia. La solución no debía centrarse únicamente en ofrecer información, sino en facilitar que cada persona encontrara aquello que necesitaba en el momento adecuado.
Desde el principio imaginé un recorrido en el que la persona pudiera comprender primero el propósito de la marca y después descubrir la solución que mejor encajaba con sus necesidades.
Quería que la experiencia comenzara generando conexión emocional antes de presentar los servicios o los productos.
Por eso estructuré la navegación alrededor de dos grandes caminos: las personas interesadas en contratar servicios de limpieza y aquellas que querían conocer o visitar la tienda de productos ecológicos.
Aunque ambos recorridos respondían a necesidades distintas, compartían una misma base: el compromiso con el bienestar, la sostenibilidad y el cuidado. La arquitectura debía permitir que ambos universos convivieran dentro de una misma experiencia sin competir entre sí.
Mientras que en la página de servicios se anima más al usuario a ponerse en contacto para tener una primera reunión y valorar la envergadura del servicio.
En la tienda se anima al usuario a suscribirse para tener un descuento que podrán canjear directamente en la tienda física.
Una de las primeras decisiones fue incorporar un onboarding que permitiera conocer mejor a cada usuario desde el primer contacto.
No quería que todas las personas recibieran exactamente la misma experiencia. Quería entender cuáles eran sus intereses, qué tipo de compañero animal tenían, cuáles eran sus necesidades y en qué momento de su recorrido se encontraban.
A partir de esa información, la aplicación podía adaptar los contenidos y recursos mostrados, reduciendo la carga cognitiva y ofreciendo valor desde el primer momento.
Otro de los retos consistía en evitar que la aplicación se percibiera como una simple recopilación de recursos.
Por eso trabajé para que la exploración fuera progresiva y contextual. La información debía aparecer cuando fuera relevante para el usuario, permitiendo descubrir eventos, espacios, contenidos o profesionales sin necesidad de realizar búsquedas complejas.
La intención era que la experiencia resultara ligera y natural, incluso cuando el volumen de información disponible fuera elevado.
La investigación mostraba constantemente el valor que tenía para las personas aprender de experiencias ajenas.
Sin embargo, no quería construir una red social tradicional basada en métricas de popularidad o dinámicas de consumo infinito.
Por eso planteé la comunidad como un espacio centrado en el acompañamiento, el intercambio de experiencias y el aprendizaje compartido. Un lugar donde las personas pudieran resolver dudas, inspirarse y sentirse comprendidas por otras personas que habían recorrido caminos similares.
Una de las decisiones más especiales del proyecto surgió durante el desarrollo de la identidad visual.
Aunque los usuarios directos eran las personas, me parecía interesante preguntarme si los propios animales podían estar presentes de alguna manera en el diseño.
Investigando sobre percepción visual descubrí que perros y gatos perciben una gama cromática diferente a la humana. A partir de ahí construí la identidad utilizando principalmente colores que forman parte de su espectro visual, especialmente azules y amarillos.
Más allá de la estética, esta decisión reflejaba una idea que había estado presente durante todo el proyecto: BestFriendly no existe únicamente para ayudar a las personas. También existe para mejorar la vida de quienes conviven con ellas.
Antes de desarrollar la propuesta visual trabajé la organización de contenidos y la estructura de las principales páginas para entender cómo convivirían los distintos servicios dentro de la web.
Esta fase fue especialmente útil cuando apareció la necesidad de incorporar la tienda, ya que me obligó a revisar parte de la arquitectura inicial y replantear algunos recorridos.
Una vez validada la estructura, desarrollé el diseño visual completo cuidando especialmente el equilibrio entre claridad funcional y transmisión emocional. Más allá de explicar servicios, quería que la experiencia ayudara a percibir los valores de la marca desde el primer contacto.
Si algo me enseñó este proyecto es que muchas veces los problemas no aparecen porque falte información, sino porque resulta difícil encontrar la información adecuada en el momento adecuado.
Al comenzar pensaba que estaba diseñando una plataforma para organizar recursos relacionados con la adopción y la convivencia.
Con el tiempo entendí que en realidad estaba diseñando una experiencia de acompañamiento.
Una experiencia capaz de reducir incertidumbre, generar confianza y ayudar a las personas a sentirse más seguras durante una etapa importante de sus vidas.
Si hoy volviera a trabajar sobre BestFriendly profundizaría todavía más en la personalización de los contenidos, exploraría nuevas formas de conectar aprendizaje y comunidad y dedicaría más tiempo a investigar cómo evolucionan las necesidades de las personas a medida que cambia la relación con sus compañeros animales.
Aun así, sigue siendo uno de los proyectos con los que más conecto porque nace de algo que he vivido de cerca durante muchos años. Y precisamente por eso me permitió diseñar desde un lugar especialmente cercano, humano y consciente de las necesidades reales de las personas para las que estaba creando la experiencia.